La consciencia es un milagro de la vida; la luz de los sentidos y de la razón revela lo que está oculto ante nuestros ojos.
Al congelar el presente, la fotografía crea infinitos del instante, apareciendo metáforas de la “realidad” e iluminando la oscuridad secreta de nuestro inconsciente.
Consciousness is a miracle of life; the glare of the senses and of the reason unveils what is hidden from our eyes.
By freezing the present, photography creates infinities from an instant, materializing metaphors of “reality” and shedding light upon the secret darkness of our subconscious.
Andrés De Haro es un creador de sombras. La obra de este artista nace en la zona liminar donde la luz apenas roza las superficies, acaso porque su lente desafía la claridad. La luz, en sus imágenes, es un filo que corta la oscuridad, ¿o acaso la propia luz? Su poética es la constante negociación entre lo humano y su sombra, o bien su doble, creando tensiones que generan nuevas dimensiones emotivas.
En la obra de Andrés De Haro, la figura humana aparece casi desplazada, interrumpida por telas, sombras o movimiento. La identidad no importa ni se concreta en un rostro: lo esencial para él es un diálogo entre lo que somos y lo que mostramos (personajes, acaso). Andrés De Haro parece preguntarse dónde comienza la verdad del cuerpo, aunque ésta se nos escurra momentos después o se interne en un espacio pétreo, donde figuras translúcidas se mueven como apariciones evadiendo adrede proporciones y geometrías (aun considerando que el fotógrafo es matemático de formación y en su obra hay, sin duda, un velado rigor).
La cámara de Andrés De Haro registra los desplazamientos del cuerpo mediante una matemática interiorizada: disciplina del encuadre que no es sino conciencia pura del equilibrio. ¿Pero qué nos hace ser cuerpo? El artista pretende acaso un conjuro para evocar la materia del mundo, y no olvidemos que el mundo respira, también late.
Su estética transforma los contornos de una forma, de un rostro, de un paisaje, en enigma, con el añadido de que más allá de los grandes relatos ⎯y así lo sugiere su obra⎯ consigue imponer atmósferas, pues incluso en la luz del patio más anodino habitan secretos, pernocta el silencio, y hasta en lo más cotidiano el fotógrafo encuentra pequeñas epifanías. Cada encuadre suyo convierte al mundo en espacios de intimidad, ese ámbito que insinúa silenciosamente nuestra relación con la luz tras cada click.
Andrés de Haro es un poeta del umbral. Sus registros nos recuerdan que la fotografía más pura y genuina capta en ráfagas, en disparos silentes, los enigmas de la realidad donde la sombra persigue a la luz, pero desde un camino velado y a su propia velocidad. En conjunto, su obra puede describirse como una exploración del territorio apenas registrado por ojos no entrenados: el umbral entre figura y símbolo, incluidas las pistas que persiguen los detectives. Andrés De Haro nos invita a un espacio donde nuestra mirada debe abandonar las certezas y lo que entendemos comúnmente como ver.
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